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La expedición GHOST RIVERS

¿Pero qué mosca les ha podido picar a siete espeleólogos para que escogieran volver a una meseta de forma triangular encajada entres dos gargantas donde no pasa ni una gota de agua durante el periodo denominado seco? Un calificativo poco apropiado para esta región que recibe más de 12 metros de agua por año y cuyas gargantas están todas recorridas por torrentes tumultuosos, sea cual sea la estación. Esta rareza se encuentra en las montañas de Nakanaï, el conocido macizo calcáreo de Nueva Bretaña, una de las islas que forman el archipiélago de Papúa Nueva Guinea.

6 Junio 2018

Espeleología

Pero vayamos dos años atrás. A principios del 2016, un equipo de espeleólogos liderado por Jean-Paul Sounier decidió explorar la zona kárstica encajada entre las gargantas de la Wunung y las de Lolotu. La expedición «Black Hole» fue un éxito, ya que se exploraron varias cavidades, una de ellas con más de 700 metros de profundidad. Pero ninguna llevaba a un colector. Entonces, ¿dónde iba a parar el agua que se perdía en las numerosas dolinas y cavidades de esta meseta?
 El carácter misterioso de los recorridos subterráneos condujeron a Jean-Paul a bautizar a este proyecto como expedición Ghost Rivers (expedición de los ríos fantasmas).

Relato con imágenes de esta expedición en el corazón de las montañas de los Nakanaï en Papúa Nueva Guinea.

 

Aproximación hacia el campo base

Después de varios días de lluvia, partimos para instalar nuestro campo base en altitud. La compañía malaya de explotación de aceite de palma contrató a muchos adultos (en ese momento) y la falta de porteadores se hizo sentir.

 

El colector de la sima Moré

20 de febrero, día de nuestra última exploración. Me acompañaron David y Clément. Un pozo de diez metros se abría en el fondo de un embudo boscoso. En algunas zonas, el agua había excavado surcos en las antiguas coladas de calcita dejando aparecer la estratificación relacionada a su crecimiento. Curiosamente, parece como si fueran las estrías de los troncos de árboles pero con la diferencia que, para estas últimas, el agua había participado en su crecimiento mientras que para las coladas desgarradas, había estado presente en la fase de crecimiento, pero también en la de destrucción parcial.

 

Equipé la vertical y la admiré mientras pasaba por la colada de calcita erosionada que decoraba una de las paredes. Algunos metros más lejos, había que ponerse a cuatro patas para poder franquear el paso estrecho desobstruido por David. Más allá, nos encontramos con una sorpresa tras otra.

 

Dos pequeños activos desembocaban en la galería que sucedía al paso estrecho. Las dimensiones del conducto se amplíaban; emocionados, recorrimos rápidamente unos veinte metros hasta que fuimos detenidos de golpe por un pozo por el que se lanzaba el río. El pozo era doble y, por supuesto, equipamos el que estaba seco. Pero un poco más abajo, los dos pozos se unían así que también acabamos ¡bajo una buena ducha!

 

Más allá de esta vertical de 17 metros, pasamos por un caos de bloques. Las dimensiones de la galería eran de tres metros por tres metros, pero pronto, el techo descendía; y lo que es más, un lago ocupaba todo el ancho del laminado. Pasamos a cuatro patas este paso bajo, de diez metros de longitud. La galería describía una curva a la izquierda para encontrarnos con un afluente en la orilla izquierda que aumentaba el caudal de nuestro río, techo y paredes disminuían y nos dimos cuenta de que penetrábamos en lo que habíamos buscado en vano en la meseta: ¡un colector!

 

La topografía dió una profundidad de 225 metros y un desarrollo de cerca de un quilómetro en la sima Moré, con lo que es la cavidad más profunda explorada durante nuestra expedición.

 

El equipo

Jean-Paul Sounier, jefe de equipo.
David Parrot,
Clément Flouret,
Bruno Hugon,
Pierre Valton,
Gérard Garnier,
Jean-François Fabriol, fotógrafo.

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