Relato de una expedición en Papúa Nueva Guinea en 2026
Tras cada expedición se esconde un sueño. En las montañas de Nakanaï, en Papúa Nueva Guinea, David Parrot nos cuenta una aventura humana y subtérranea basada en la perseverancia, los descubrimientos y las experiencias compartidas, guiados por el espíritu de exploración de Jean-Paul, figura emblemática de esas expediciones desde hace décadas.
10 Agosto 2026
Espeleología
por David Parrot
Me parece importante plasmar el final de esta expedición. No sé qué es lo que me provoca tristeza exactamente: pasar página, dejar este país sin saber si volveré o imaginar que se trata de la última expedición de Jean-Paul. Es increíble lo valiente que es con 75 años.
La historia comienza en Francia, con un dedo sobre un mapa.
Mediante su lupa binocular, Jean-Paul localiza un punto negro en una foto aérea. Ese lugar que señala no es solo un detalle geológico: se trata de la aventura que vamos a vivir. Sin él, ignoraríamos la existencia de ese macizo calcáreo perdido en Papúa Nueva Guinea, en medio del Pacífico.
Tres aviones más tarde, descubro el olor y la humedad de ese país, que me dejó huella tras mi primera expedición en 2014. Tras varios días de preparación en Kokopo, tenemos que dirigimos a Palmalmal en barco. Pero este año, el mar está muy agitado y no se autoriza ninguna salida. Esperamos unos días más y aprovechamos la ocasión para ascender el volcán activo de la caldera y explorar el fondo marino.
Antes de instalar el campo base en mitad del bosque, el transporte de material moviliza a numerosos habitantes.
Una vez que desembarcamos, comienza la larga fase logística: descargar 80 paquetes, obtener las autorizaciones necesarias y organizar el transporte del material hasta el pueblo de Rurai. Y, por fin, llega el momento de marchar hacia el bosque, donde instalamos el campo base a 1 200 metros de altitud.
Y, entonces, la expedición puede comenzar. Repartidos en varios equipos, continuamos la exploración de la red Beam of Light, descubierta en 2023 durante una prospección de nuevos cañones en búsqueda de simas prometedoras.
Pero, la realidad del terreno es exigente. Hay que avanzar por un bosque denso, soportar la humedad permanente, tratar heridas antes de que se infecten y aceptar la incertidumbre. Los días pasan rápido entre prospección, exploración y decepciones. Tras tres semanas de esfuerzos, varios kilómetros de galerías topografiados y numerosos descubrimientos, seguimos sin encontrar la red con la que soñamos.
Y, ya casi al final de la expedición, todo da un vuelco
En un cañón situado al sur del campo, descubrimos una nueva sima. Cédric, prudente, guarda en secreto lo que ha visto al fondo de un primer pozo. Al día siguiente, equipados con cuerdas suplementarias, volvemos a explorar. Las galerías comienzan a sucederse: meandros, hoyos sin agua, pozos y pasos esculpidos en una magnífica calcárea blanca. Tras 800 metros de exploración y 140 metros de profundidad, nos frena la falta de material. Pero, esta vez, hay algo distinto.
Durante un nuevo descenso, la sima revela progresivamente su amplitud. Los paisajes se vuelven cada vez más espectaculares: pozos bajo cascadas, lagos de agua transparente, grandes galerías e impresionantes volúmenes. Y alcanzamos una inmensa sala subterránea por la cual el río desaparece en la oscuridad. A solo unos días de volver, por fin hemos encontrado lo que estábamos buscando.
En nuestra última exploración, bajamos a esta sala gigantesca. Un lago azul cristalino ocupa el centro de la cavidad, mientras que cae agua del techo en varios puntos. La red continúa al fondo de la sala y nos conduce hasta un magnífico río subterráneo. Seguimos avanzando, guiados por la excitación del descubrimiento, hasta que un sifón frena brutalmente a nuestra progresión. ¿Estamos decepcionados? Puede que un poco. Pero lo esencial no reside ahí.
Sin un sueño, esta expedición jamás habría existido. Y, si con 75 años, Jean-Paul sigue soñando ante un mapa y una foto aérea, seguimos soñando junto a él.
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