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Mike Fuselier: ¡Punto de inflexión!

Durante un viaje de escalada en Turquía en la primavera de 2015, Mike Fuselier cayó de más de 20 metros en las paredes de Datça. Mientras que todos los pronósticos apuntaban a todo lo que nunca podría volver a hacer, casi un año y medio después de este accidente, Mike nos explica emocionado su historia y cómo ha conseguido transformar esta terrible experiencia en un auténtico aprendizaje vital. Este otoño de 2016, Mike consiguió la vía «Un clin d’œil au paradis», un legendario 8c situado en Tournoux en los Hautes-Alpes, cerrando así un capítulo de su vida para abrir otro… y continuar en su camino de crecimiento personal.

25 Enero 2017

Escalada

Mike Fuselier recovery

¿Explicar de nuevo mi historia? ¿Por qué no? Pero esta vez me propongo explicarla de forma diferente. Esta vez me gustaría destacar algunas anécdotas que me parecen importantes. Una experiencia que, espero, podría ayudar e inspirar a otras víctimas que han sufrido accidentes graves y se preguntan cómo podrán volver a “hacer”. Soy totalmente consciente de que he tenido una gran suerte en toda esta aventura y que las cosas han sucedido de forma ideal. Sé que no tengo todas las respuestas y no pretendo escribir ninguna guía  sobre “Cómo salir adelante si has sufrido un accidente grave”. Sé que existen situaciones y casos muchos más complicados (cobertura de la seguridad social, país de origen, etc.). No es más que un testimonio para un compartir mi experiencia. No se trata de un artículo para ser publicado en la revista "Psychologie Magazine". Simplemente expongo mi punto de vista y, sobre todo, cómo me estoy adaptando a la nueva situación. Me gustaría explicar cómo este enfoque me ha permitido sacar lo mejor de esta experiencia.   

- ¡Ya está bien! Creo que ya tengo suficientes fotos de esta vía. Suspendido de mi cuerda estática, justo por debajo de la reunión de "Fort comme un Tuc" (Datça, Turquía), guardé mi cámara de fotos y me preparé para el descenso. Me desaseguré y mientras pasaba el peso a mi arnés, sentí que estaba flotando en pleno vacío. Por reflejo, apreté la cuerda de la mano derecha, pero esto no ayudó mucho para compensar mi grave error. Estaba a nivel de la reunión cuando empecé mi infernal caída, a unos 25 metros del suelo y en un tipo de desplome de los que me gustan, de unos 30 grados. Así que no había nada que me frenara durante la caída. En realidad, tracé un agujero perfecto en el aire.

"Pensé, ‘Así es como todo termina.’”

Allí, en esa pared, lejos de tus seres queridos, lejos de Anaïs. Fue uno de esos momentos únicos de la vida en los que el cerebro piensa y calcula más rápido e  intensamente que nunca lo hubiera hecho. Hasta las cejas de adrenalina, entiendes y analizas la situación con mucha lucidez. Sabes que tu muerte es inminente, pero tú no quieres aceptarlo. Y sí, allí estaba cayendo al vacío, a gran altura, ya que estaba justo debajo de la reunión, también sabía que el suelo estaba todo cubierto de bloques. La situación me parecía hasta cómica: algunos minutos antes de estar en esta precaria posición, mi amigo Nicolas Nastorg me había avisado. Al verme hacer el tonto, jugando a balancearme a algunos metros por encima de las rocas, me dijo: – ¡Para ya de hacer tonterías! Créeme no tengo ningunas ganas de visitar los hospitales de aquí…

Así que, al continuar mi vertiginosa caída, apretando la cuerda con la mano tan fuerte como podía, comprendí el inevitable final que la gravedad me había deparado. Sin embargo, al no poder luchar contra la teoría de Newton, luché con todas mis fuerzas para aterrizar de la mejor forma posible y aumentar así mis posibilidades de supervivencia, convirtiendo la inevitable caía en un enorme salto en vez de esperar a chafarme contra el suelo sin más. Sea como sea va a doler. 

“Todos me dijeron que había aterrizado como un gato.”

En el aire, me puse bien recto y me preparé para el impacto como si fuera un barranquista que se tira al agua de un gran salto, dejando sobresalir lo mínimo las extremidades para no “hacerse daño”. Estos reflejos inconscientes, combinados con mi  buena forma física ciertamente me salvaron la vida. Todos mis músculos se contrajeron a la vez. Me imagino que mi cerebro en un estado de estrés sin precedentes ordenó que cada una de las fibras de mi cuerpo absorbieran el impacto. 

"¿Estaba escrito?"

¿Cuántas veces pasé delante de aquella salida de autopista al ir a escalar a España? ¿Cuántas veces me dije que tenía que volver a ese lugar especial en el que pasé todos mis veranos cuando era pequeño? No había vuelto desde hacía más de 20 años, y no sé por qué, esta vez volviendo del sur de Francia, una pulsión, o incluso una intuición, me hizo tomar la salida “Vias”. Una ciudad situada a algunos kilómetros al oeste de Cap D’Adge. A pesar de algunas dificultades, conseguí encontrar el lugar que estaba buscando. Eufórico y un poco nostálgico, lo recorrí en todas direcciones, intentando poner orden a todos los vagos recuerdos que me abrumaban. Regresé finalmente a mi camión, aparcado en el borde de la carretera, en una curva de 90°. Me senté pensativo mirando el lugar, no me había dado cuenta que había un señal de tráfico delante de mí. Un gran círculo azul con una flecha blanca indicando que se tenía que girar obligatoriamente a la izquierda. ¿Cómo podía no haber visto esa señal tan grande a sólo unos metros? Este símbolo finalmente se fusionó con la imagen de fondo: el patio de escuela de mi infancia.

Tardé algunos instantes para entender que allí había un mensaje increíble: 
"Atención, punto de inflexión más adelante».  

En ese momento, me reí por la absurdidad del mensaje que me había revelado. Este mensaje, absurdo o no, me explotó en la cara una semana antes de ir a Turquía.

Cuando recuperé el conocimiento, Axel estaba inclinado sobre mí. Me ayudaba a calmarme poniendo una mano sobre el pecho. Tenía una terrible sensación de estar en un sueño y que nunca llegaba a despertarme. “Ha sido una pequeña caída,” me dijo, “y parece que te has roto los pies, pero ¡tranqui!”. Avisamos a los servicios de rescate. Empecé a entender por qué no conseguía salir de este sueño.

Después, sólo me venían fragmentos de lo que me había ocurrido. Lo que sí sé es que fui muy mal atendido por los servicios de rescate y los médicos turcos, y que me repatriaron a Francia unas treinta horas después de mi accidente para ser operado de urgencias en el CHU de Grenoble. Sólo cuando llegaron los médicos encargados de la repatriación, pude aflojar los dientes y los puños. Luché con todas las fuerzas que me quedaban hasta su llegada. No tenía ni idea del estado en el que me encontraba y nadie estaba en condiciones para decírmelo. De todas formas, la preocupación que podía leer en las caras de mis amigos era suficientemente explícita para comprender que no era necesario decir nada. El informe fue bastante duro. Aunque tuve una factura de sinus frontal y orbital y un gran traumatismo torácico, fueron mis pies los que recibieron toda la violencia del impacto.

Pie derecho:

  • Fracturas conminuta de los huesos cuneiforme medial, intermedio y lateral así como del hueso cuboides
  • Fractura de la base de los 1r, 2º, 3º, 4º metatarso.
  • Fractura desplazada en la unión cuerpo-cabeza del 2º metatarso.
  • Luxación metatarsofalángica del 3ª sección
  • Fractura de los bordes anteriores y posteriores del astrágalo

Pie izquierdo:

  • Fractura conminuta compleja mixta del calcáneo
  • Fractura multifragmentaria desplazada de la base del primer metatarso
  • Fractura multifragmentaria desplazada y abierta del cuerpo del 2º metatarso
  • Fractura desplazada del cuerpo del 3r metatarso
  • Fractura del cuerpo del 4º metatarso

Cuando me desperté en la sala de reanimación, me venían imágenes un poco raras e incómodas. Totalmente desorientado, una escena volvía una y otra vez. Esa imagen era la superposición de la señal de tráfico con el patio de mi infancia. Pero en aquel momento, en la sala de reanimación, completamente chutado por un fantástico coctel de analgésicos, no les daba ni la más mínima importancia a esas escenas.

Al cabo de unos días, me subieron a la unidad de traumatología. Mi mujer, mis padres, mi familia, mi familia política y mis amigos me venían a ver todos los días. Aunque todavía no lo entendiera, este apoyo y esta presencia fueron las bases sobre las que me apoyé para mi rehabilitación. Conté con un apoyo increíble para afrontar esta dura prueba y nunca estuve solo cuando me sentía deprimido. La cirujana, la doctora Dao-Léna, que me operó y me salvó los pies, vino para verme a la habitación para explicarme lo que había hecho, las dificultades que había tenido y cómo había luchado para evitar la amputación de una parte del pie derecho. Me explicó todo lo que, según ella, nunca podría volver a hacer. En relación al caos de huesos rotos que me tuvo que reparar, teniendo en cuenta su experiencia y las estadísticas, los pronósticos no eran muy buenos. Tendría grandes dificultades para andar, no podría correr nunca más, probablemente tampoco podría escalar. Pero no era grave, estaba vivo y tenía todavía mis dos pies. Me dije a mí mismo que necesitaría el tiempo que hiciera falta, pero que volvería a recuperar todas mis capacidades.

“¡Todo empieza aquí!”

Empecé a entender la gravedad de mis heridas y todo lo que eso implicaba. Fue justo en ese momento en el que se me presentaron dos soluciones: o bien me resignaba, me rendía y aceptaba mi situación; o bien planeaba inmediatamente un plan de ataque, sabiendo que tenía que pasar por un largo proceso de rehabilitación.

"Personalmente, me lo planteé como una apuesta y me hice una promesa."

Más o menos consciente de mi situación física, evalué la carga de trabajo, el tiempo y la disciplina que necesitaba para ganar mi apuesta. Por suerte, he pasado una gran parte de mi vida entrenándome para alcanzar objetivos deportivos. 

No se obtiene nada sin hacer nada y yo sabía todo lo que tenía que saber para ponerme en marcha y conseguir cumplir mi promesa. Me tranquilizaba saber que la superación del mayor desafío de mi vida dependía de mí. También prometí a mi mujer que volvería a correr y que el accidente no nos perjudicaría e intentaría que fuera una experiencia enriquecedora. No había vuelta atrás con una promesa así. El hecho de luchar para conseguir un poco de confort y normalidad para nuestra familia fue una enorme motivación. Me propuse escalar de nuevo en octavo grado, mosquetonear la cadena de un 8c y, además, ya que yo soy el único en fijar mis límites, ¿por qué no intentar escalar de nuevo en grado 9? ¿posible o imposible? Si contaba con los medios necesarios, pues sí, era posible. 

Después de tres semanas en la unidad de traumatología, me trasladaron al centro de reeducación de Rocheplane en Grenoble. Empezaba una nueva etapa. Tuve la suerte de caer en manos de médicos y fisioterapeutas que rápidamente entendieron mi motivación. Me ayudaron a canalizar y utilizar mi energía con prudencia. Pasaba 7 horas al día de trabajo corporal y reeducación: tratamientos, refuerzo muscular, propiocepción, flexibilización, electroestimulación y un montón más de técnicas para maximizar mi progreso… ¡y yo iba progresando! 

"Información que sencillamente no quería aceptar."

Debido al estado de la piel de la parte posterior de mi pie izquierdo, no se podían operar los dos pies a la vez. Había un alto riesgo de necrosis. Tuvimos que esperar 45 días para operar e intentar volver a dar forma a mi calcáneo. Después de la operación, la doctora Dao-Léna vino a decirme cómo había ido y me reiteró lo que sería difícil o incluso imposible que pudiera volver a hacer. Pero a diferencia de la primera vez, no sólo la oí, no, esta vez la escuché y sobre todo empecé a entender realmente todo lo que me había explicado. Estaba horrorizado, toda aquella información me desmontó todos mis planes y tuve que volver a replantearme todo.

Tres días después de la operación, volví al centro de rehabilitación. Algunas horas después de estar en mi habitación, empecé a tener dolor de barriga. Era molesto, pero no iba a más. No paraba de pensar en todas esas cosas que no podría hacer nunca más. Me decía que la vida me había tratado muy bien, pero aceptar que todo había acabado era demasiado duro. De hecho, me negué a aceptarlo y no lo digerí. Mi dolor de barriga continuaba empeorando  y sabía en lo más profundo de mi ser, que estaba somatizando todo aquello que me negaba a digerir.

Por la noche, mi estado empeoró y un médico de guardia me vino a examinar. Puso su mano en mi vientre y a la primera presión la tuve que retirar violentamente por el intenso dolor. Su mirada decía lo suficiente para que comprendiera que alguna cosa no iba bien. Y cuando le dijo a la enfermera que llamara a una ambulancia para que volviera a urgencias al hospital, empecé a imaginar lo peor. Pensaba en los demás pacientes del centro de rehabilitación que, víctimas de una infección, habían sufrido graves complicaciones. Me decía que, viniendo justo de operarme el pie, probablemente yo también habría pillado una infección. ¡Qué ironía! Había sobrevivido a una caída de 20 metros, sin ninguna infección en las heridas abiertas de los pies en Turquía, y ¡aquí, en Francia!, había sido infectado por un estafilococo. Estaba furioso y empezaba a resignarme. 

Me hicieron un TAC, pero no pude saber los resultados al momento. Era el Día de la Música y todos los cirujanos estaban ocupados. Muy inquieto por mi estado, la espera fue especialmente difícil y estaba muerto de miedo. Finalmente a eso de las 23 h un cirujano pudo venir a verme. Me dijo que estaba desbordado de trabajo y que no podría operarme antes del día siguiente por la mañana. ¿Operarme? ¿Operarme de qué? Finalmente lo que tenía era una apendicitis.

No había conseguido digerir nada bien la información que me había explicado la doctora Dao-Léna hasta tal punto que mi "2º cerebro", en este caso el intestino, había materializado este rechazo de aceptación. Mi apendicitis era probablemente el peor desafío psicológico que tuve que afrontar, pero fue lo mejor que me hubiese podido suceder. La moraleja de esta historia es que somos capaces, incluso inconscientemente, de manifestar físicamente lo que nuestro cerebro está gritando. Y si fui capaz de meterme en este estado escabroso por la fuerza de mi mente, también sería totalmente capaz de hacerlo en el sentido contrario.

"Si me condiciono para ir hacia adelante, mi cuerpo responderá positivamente a este pensamiento."

Después de esta pequeña prueba psicológica, retomé mi ritmo en el centro de rehabilitación. Físicamente, progresaba día a día, pero siempre había un pequeño bloqueo emocional. Tenía algunos miedos en relación a mi futuro profesional. Sabía que había varios bloqueos emocionales que debía liberar para seguir mi camino con serenidad. El simple objetivo de mejorar mi salud estaba  muy bien, pero necesitaba una visión más amplia sobre por qué estaba luchando tan intensamente. Sentía una apremiante necesidad de volver a mis orígenes, de pisar literalmente aquellos lugares tan simbólicos de mi infancia, estar allí con una sonrisa de oreja a oreja y decirme: “Tengo una suerte increíble de estar aquí”. Necesitaba darme la oportunidad de estar en ese lugar que había escogido y proponerme seriamente girar página de este episodio de mi vida. Pasar página en tu vida es mucho más fácil si lo decides a propósito. Pero esta elección, hay que prepararla, aceptarla y, sobre todo, ¡integrarla en tu vida!  Decidí visitar mi escuela de Primaria para ver qué era de ella. Tengo muchos recuerdos de esa época. A juzgar por su deterioro, la escuela obviamente había cerrado sus puertas hacía ya un tiempo. Deambulaba por el antiguo patio y me dejé llevar por mis recuerdos. Finalmente, me encontré con un pequeño Michaël de 8 años que me miraba incrédulo. Le miraba sonriendo y empecé a explicarle la vida genial que le esperaba y que no debía preocuparse. Parecía a la vez tranquilo y asombrado. Entonces me giré y miré a los ojos de este Michaël mayor, de unos 70 años que me miraba sonriendo. Me sugirió un montón de cosas magníficas que se me abrirían si acaba de girar esa página del libro de mi vida.

Por el momento, no me mintió. Ya no tengo miedo de avanzar en mi vida, ya que yo soy el único que escribe las páginas y las gira. Por supuesto que yo escojo con cuidado la tinta con la que escribo las palabras. Cada día, esta tinta se fabrica a partir de mis emociones, de mis deseos, de mi determinación y, sobre todo, a partir del cariño que doy y que recibo.

Albane, una amiga que estaba presente el día de mi accidente, recuperó el cinturón que llevaba el día de mi caída. Se había ocupado de coser a mano una parte desgarrada de ese cinturón. Me lo trajo tres o cuatro meses después del accidente y había escrito unas palabras dedicadas: 

"Make the best of your second life"

Esta frase se gravó en mi memoria y hago lo mejor que puedo para que mi segunda vida sea lo más maravillosa y auténtica posible. Además de las secuelas físicas, esta experiencia me ha permitido abrir los ojos a las cosas importantes de la vida, lo que es realmente esencial: el amor, la felicidad, la valentía, la relatividad, la autenticidad, la determinación, la sensibilidad, el optimismo, compartir  y la simplicidad.

Equipado con estas herramientas, hago todo lo posible para realizarme y honrar todas las oportunidades que se me presentan. He adaptado la forma de entrenarme, y si no se puede adaptar, soy yo el que me adapto. No dejo de sorprenderme con mi habilidad de ir más allá de mis límites. Si soy capaz de visualizarme completando un objetivo, entonces voy a por ello, me entreno y doy todo lo que tengo. Siempre encuentro amigos que me sostienen, ayuda y me animan.

Cada uno tiene una historia que contar y experimentar; si te apasionas en tu vida, recibes pasión a cambio. Cuando escribía este relato, acababa de salir de la quinta intervención del pie izquierdo. Pensaréis que son muchas.
Me he empeñado en escribir esta historia con muchos detalles. Deseo desde el fondo de mi corazón que pueda ayudar, inspirar, dar un poco de esperanza a todos los que han sufrido un accidente y tienen muchas dudas sobre su futuro y tienen miedo al cambio.

"No tenemos ni la menor idea de lo que somos capaces de hacer y de la fuerza que llevamos dentro hasta que ésta no se pone a prueba."

Nada es insuperable, si somos capaces de aceptar nuestra situación en este mismo momento y utilizar las herramientas correctas (o incluso las que se nos proponen). A pesar de las numerosas intervenciones que he pasado para encontrar un mínimo de confort y funcionalidad, sé que siempre tendré dolores toda mi vida. Sin embargo, estos dolores me recuerdan cada mañana la oportunidad que tengo de estar todavía aquí disfrutando de la vida al máximo.

Aunque el recorrido ha sido largo, he podido volver a escalar y retomar todas mis actividades favoritas con los dos pies retorcidos. Después de mi reconstrucción, no tengo ni idea de los límites que tendré que superar, pero estoy dispuesto a explorarlos a fondo. Sé que también ya he cumplido la primera parte de mi promesa: he podido vislumbrar el paraíso y guiñarle el ojo al cielo al conseguir escalar esta vía.

Mike Fuselier recovery

"La vida es un regalo: sin el grupo de magníficas personas que me han acompañado, puede que ahora estaría muerto o amputado."

Me han regalado a cada instante su apoyo incondicional de forma sencilla y humilde. Sin ellos, probablemente no hubiera podido escribir estas líneas, sin ellos, no sería tan optimista, de hecho, sin ellos, no tendría nada.

Es utópico creer que somos más fuertes que la muerte, me han apoyado de forma extraordinaria para poder afrontar este gran desafío que me ha puesto la vida.

Mis queridos amigos, actuasteis con valentía e inteligencia a pie de vía y estuvisteis a mi lado dándome ánimos cuando esperaba la repatriación. Svana, Albane, Vincent, Nicolas, Olivier y Axel hemos compartido juntos esta traumática experiencia.

El espíritu de lucha y la audacia de la Doctora Dao Lena han sido impresionantes. Séverine, entraste en el juego cuando perdía 3 a 0, pero conseguiste ponerlo todo en marcha para que ganáramos la partida. ¡GRACIAS!

Salir del centro de rehabilitación de vez en cuando, en silla de ruedas, era una bocanada de aire fresco. Hubiese sido menos optimista y hubiese tenido menos ganas de luchar si mi hermana Karin y mi hermano Jonathan no me hubiesen ayudado. Me han llevado en coche por todas partes en Rhône-Alpes en cuanto les murmuraba "¡Please help!".

Todos mis amigos se movilizaron para sacarme a pasear, apoyarme, distraerme y permitir evadirme. Sois tantos y siento una gratitud enorme. Me gustaría agradecer a la familia Titoune, Alban y Perrine, Guillaume y Perrine, Greg y Mag, Coco y a todos a los que no cito y que han estado siempre presentes.

Christophe (Doctor Rulh), tu relación con el paciente, tu humanidad y tu actitud positiva me ayudaron más de lo puedas imaginarte en Rocheplane. El Doctor Judet es un cirujano de gran talento con manos de oro. Además, tiene el mérito de curar a sus pacientes con la máxima humildad. Es en parte gracias a él que volveré a andar con normalidad.

He podido aprovechar al máximo esta aventura gracias a los que me han proporcionado un poco de perspectiva y comprender mejor lo que me estaba pasando. Gracias Geneviève por haberme explicado las bases.

Gilou, la palabra “gracias” se queda corta para expresarte mi infinita gratitud y todo lo que te debo en este proceso de mi reconstrucción. Tus cuidados, tus explicaciones, tu comprensión, tu apertura mental, tu tiempo y tu corazón son cosas que me ofreces siempre que lo necesito. 

Gracias a mis queridos padres por vuestro apoyo y todo lo que habéis hecho por mi bienestar.

Ni con todas las energías del mundo, nunca hubiera podido superar ni el más mínimo desafío, y incluso me hubiese caído directamente en el abismo, si Anaïs no hubiese estado en mi vida. Esto es verdad no sólo por mi accidente y mi recuperación, sino por las pruebas mucho más duras que ha tenido que afrontar. Con una fuerza increíble y mucha más valentía, ha sabido poner sus miedos, dolor y dudas a un lado para poner todas sus energías en mi repatriación, en la gestión de mi familia y amigos. Me dio todo el apoyo, cuidados y un amor incondicional a cada segundo. Pasó noches en blanco en el hospital conmigo, se encargó de que recibiera la mejor atención médica. Se organizó para conseguir todavía más tiempo para poder llevarme a todas partes. Se ocupó de gestionar todo el papeleo del seguro. A pesar de todo lo que nos estaba pasando, todavía tenía fuerzas para mirarme con sus grandes ojos azules y decirme “¡todo irá bien Pilou! GRACIAS a ti amor mío por ser el regalo más maravilloso que me ha ofrecido la vida.

Tampoco olvido el apoyo que he recibido de mis padres, hermanos durante toda esta terrible experiencia (Françoise, Pierre, Nathalie y Cyril), así como de sus formidables amigos.

La vida me ha dado una segunda oportunidad y con el apoyo de todas estas magníficas personas voy a dar lo mejor de mí mismo.

Mike Fuselier,
Grenoble, Francia, 11 de enero de 2017

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