Este invierno, Sam Beaugey y su amigo François, partieron rumbo al "continente blanco" para abrir vías y ascender nuevas cimas en mixto y roca. Realizaron una travesía de 12 días en autonomía en el macizo de Holtanna en "train-kite". Una ingeniosa combinación de esquís y pulkas traccionadas por una cometa.
Sam y François nos explican el relato de esta nueva aventura...

 

Sam Beaugey y la Antártida

Sam Beaugey en antarctique

Después de 4 años de viaje en el Queen Maud Land, la Antártida ya no es una tierra desconocida para Sam. En el 2010, realizó con Géraldine Fasnacht, Seb Collomb-Gros y Manu Pellissier, el primer salto base en este territorio helado, bautizado como el "Holstinnd 2041" (macizo del Holtanna).
Este año, ha vuelto a este macizo acompañado por un amigo, sobre todo con la intención de mostrarle este lugar espectacular y compartir uno de los paisajes más bellos del planeta: la Antártida. Este territorio deshabitado donde, si el viento no sopla, las luces y el silencio lo convierten en un lugar que va más allá de lo imaginable.

 

12 días de travesía en "train-kite"

Una de las jornadas más memorables fue la del tercer día de esta travesía. Desde la mañana la dirección y la fuerza del viento eran perfectas para el kite y cruzamos un glaciar de 15 km de ancho muy llano. Pusimos en marcha la técnica del "train-kite": una cometa para dos personas y dos pulkas. Nuestra velocidad era de 25 km/h con una nieve blanda casi sin sastrugi (pequeñas olas de hielo en la nieve).

Cuando llegamos a la confluencia de dos glaciares, encontramos más hielo y menos nieve. Cuando nos dimos cuenta, ya era demasiado tarde: nos encontramos en un terreno repleto de grietas. En ese momento me giré y vi cómo uno de los esquís de François, desaparecía en un agujero... Arrié la cometa y nos detuvimos enseguida. Después de colocar una reunión con un tornillo, me acerqué reptando al agujero. Teníamos unos esquís de emergencia ligeros en las pulkas, pero eran esquís de fondo y todavía quedaba una larga ruta. Después de echar una ojeada rápida al interior del agujero vimos el pavoroso abismo que se abría. El esquí se había quedado suspendido 4 metros más abajo sobre dos pequeñas bolas de nieve, pero la grieta era enorme, como si fuera la bóveda de una catedral. Imposible plantearse descender por cuerda en ese borde frágil. Con cinta americana, juntamos dos bastones de esquí y un piolet para intentar recuperar el esquí. Enganchamos el esquí por la fijación y no cayó… ¡misión cumplida!

Ahora teníamos que salir de ese queso de gruyere. Después de examinar el panorama con los prismáticos, volver atrás era más peligroso que intentar una salida por el Este. Nos encordamos, verificamos las pulkas y durante 30 minutos, esquiamos con cuidado reteniendo la respiración…

¡Lo conseguimos! Alcanzamos hielo firme. Nos calzamos los crampones y remolcando las pulkas, realizamos el descenso hacia la morrena, parecía que ya íbamos a acabar el día… pero aún nos esperaba otro obstáculo: un torrente del glaciar, nos impedía alcanzar la morrena. Después de varios intentos para atravesarlo, vimos que el hielo era demasiado fino, el río era profundo y la corriente, fuerte. Intentamos dar un rodeo por el suroeste durante una hora hasta darnos cuenta con los prismáticos de que no había ningún lugar por donde el agua se sumergiera de nuevo en el glaciar y que ese río de 70 metros de ancho continuaba al menos 15 km más al sur, obstruyendo nuestro camino. Así que teníamos que encontrar un medio de cruzarlo. Después de numerosos intentos, pudimos encontrar una zona favorable con hielo un poco más sólido que recubría el río. Primero pasamos sin las pulkas y tanteando el terreno con el bastón, ya que con los esquís teníamos la ventaja de crear menos presión. ¡Sí, podíamos pasar! Ahora tocaba realizar el mismo tramo, pero con las pulkas. Después de 3 horas luchando, por fin conseguimos alcanzar la otra orilla y ya sólo nos quedaba encontrar un trozo de nieve adherida al hielo para plantar el vivac. ¡Fue un bonito y soleado día en la Antártida!

-- Sam Beaugey

 
 
 

El relato en imágenes

A pesar de salir tarde, ese día realizamos 20 km sin permitirnos ni un respiro. Mañana, el objetivo es pasar un collado bastante empinado con los dos trineos. Y, por supuesto, tendremos que hacer idas y venidas con cargas más ligeras, si no, no conseguiremos pasar.

 

 

Hacia las 22 h, el viento catabático empieza a soplar durante toda la noche. Nos acercamos a zonas muy ventosas. Tenemos que estar en guardia.

 

Es difícil encontrar nieve para plantar la tienda. Toda la región está barrida por el viento y deja ver el hielo. La cima Ulvetanna destaca aún en el horizonte a más de 100 km de nuestro campo base inicial.

 
 

 

El guardián del Tungaspissen

Un diedro que no termina nunca en esta cara, cosa común en la región.


 

A 40 km de la llegada, después de 4 días de espera en la tienda por mal tiempo y 5 m de visibilidad, es hora de volver a partir con sesiones de esquí de 6 a 7 h por día.


 

Una breve parada para visitar la base científica rusa. Este tanque permite traccionar de 3 a 6 contenedores con esquís para llevar el cargamento del barco rompehielos hasta la base.

 
 
 

Para más información