El 23 de octubre del 2013, los escaladores franceses Pierre Labbre, Mathieu Maynadier, Jérôme Parar y Mathieu Detrie abrieron "Voyage au bout de la peine" (que podríamos traducir como "Después de pasarlas moradas"), una gran vía en la cara sur del Gaurishankar. Ya de vuelta a Francia, nos han hablado sobre su expedición, una aventura que todos podremos disfrutar en la película que ellos mismos presentarán este invierno.

 

Expedition face sud Gaurishankar © PALAMADE 2013

El 11 de septiembre, tras un viaje sin contratiempos, llegamos a Katmandú y podemos por fin sentarnos tranquilamente a tomar una cervecita en un restaurante bien resguardado de todo el bullicio del distrito turístico de Thaml. Estamos muy mentalizados y todo parece estar listo, hasta tal punto que, tras un solo día para acabar de arreglar los últimos trámites administrativos y de organización, cogemos el autobús en dirección a Jagat, al pie del Rolwaling Himal.

Expedition face sud Gaurishankar © PALAMADE 2013

Expedition face sud Gaurishankar © PALAMADE 2013

Expedition face sud Gaurishankar © PALAMADE 2013

Este valle, donde todavía viven numerosos sherpas, se encuentra al oeste de la región de Khumbu, y queda un tanto apartado del jaleo que suele haber en las zonas más frecuentadas. Tras pasar la noche en el tramo final de una nueva carretera construida para acceder a una monstruosa planta hidroeléctrica, partimos hacia Simigaon, un pueblecito precioso situado en la entrada del valle. Ya estamos en nuestro verdadero punto de partida.
 

Expedition Gaurishankar © PALAMADE 2013

Desde el lugar en que nos alojamos podemos ver la cara sur del Gaurishankar, el proyecto que va a ocupar todo nuestro tiempo y nuestras energías durante las próximas semanas. Pero para llegar allí todavía nos faltan más de 15 de aclimatación en el fondo del valle, tras lo cual nos reuniremos con los porteadores y todo el equipo a comienzos del mes de octubre para instalarnos finalmente en el campo base. Los primeros tres días pasan sin sobresaltos, a pesar de algún que otro conflicto con las sanguijuelas, que no parecen haberse dado cuenta de que hemos cambiado de estación.

 
El 16 de septiembre llegamos a Beding, un pueblo sherpa a 3.600 m de altitud, para reunirnos con Tenzi, que va a hospedarnos durante toda la fase de aclimatación. La temporada de turismo en el valle todavía no ha comenzado, y los lugareños están ocupados con la recogida de la cosecha en Na, un pueblo algo más arriba, a 4.200 m. Tenemos que esperar un par de días para ver a Tenzi, y durante los doce días siguientes nos alojamos en la sala de estar de su hija y su yerno. En cuanto a las condiciones meteorológicas, por la mañana hace bastante buen tiempo, y eso que todavía no ha terminado la estación del monzón. Normalmente, por la tarde el cielo se cubre de nubes que nos obsequian con grandes tormentas nocturnas.
 

Tras unos días de descanso y de pasear por el pueblo, decidimos partir y aclimatarnos en Tashi Lapsa, una montaña bastante sencilla que además nos da acceso a la región de Khumbu y, más en concreto, al pueblo de Thame. Se trata de un paso muy frecuentado que nos permitirá subir sin complicaciones hasta los 5.500 m para podernos aclimatar poco a poco. Cargados ya con todo el equipo, y después de hacer noche a 4.900 m -una vez pasado el lago Thso Rolpa-, empezamos la difícil travesía por el glaciar para llegar hasta su flanco derecho, que nos marca la dirección hacia el collado. En la parte final del glaciar se nos complican bastante las cosas, ya que no resulta nada fácil encontrar un camino a través de un terreno tan caótico, tan agrietado y a menudo tan expuesto. Pero eso no es todo, porque después de caminar durante cuatro largas horas cargados como mulas, ni siquiera hemos salvado un metro de desnivel. Ahí comprendemos que vamos a pasarlas moradas, como se suele decir, así que decidimos dar media vuelta hasta nuestro primer vivac y dormir una noche más a 4.900 m.

De vuelta a Na, las previsiones de mal tiempo nos complican un poco los planes de seguir ganando altitud. Definitivamente, el proceso de aclimatación no está saliendo como habíamos previsto. Decidimos bajar de nuevo a Beding para seguir una ruta más sencilla que nos lleva hasta el Melung La, a 5.700 m. Este paso, situado en la frontera entre Nepal y el Tíbet, lleva siglos siendo utilizado por las caravanas de yaks...y nos abre por fin la posibilidad de acerarnos a nuestro objetivo. Desde allí, si todo va bien, podremos tratar de escalar un poco en los flancos del Chekigo, un pico de 6.200 m relativamente fácil.

Tras otra noche a 5.000 m, comenzamos la ascensión y, por fin, parece que las cosas salen conforme a lo planeado. Pero pronto nos vemos envueltos en una densa niebla y, en cuestión de minutos, ya no podemos ver a más de 10 metros de distancia. Aunque, bueno, no hay por qué preocuparse, ya que por suerte tenemos el GPS...Ah, no, es verdad, que las pilas están oxidadas. Sólo hay una solución posible: volver al glaciar. De nuevo a pasarlas moradas, pero esta vez, gracias a un poco de intuición y con la ayuda de los mapas y de una buena dosis de suerte, conseguimos llegar hasta el collado justo en el momento en que las nubes desaparecen. Pasamos la noche sin problemas y la mañana nos recibe con buen tiempo, así que tenemos motivos para sentirnos bien. Ascendemos unos metros desde el campamento, pero enseguida vuelven las nubes, y las previsiones de mal tiempo nos obligan a dar media vuelta. Hacia el mediodía llegamos otra vez a Beding, a casa de Tenzi, donde podemos descansar un poco. Según nuestros planes, teníamos que dedicar estos días a subir y a dormir en altura y, sobre todo, teníamos que alcanzar una cota de al menos 6.000 m. Sin embargo, a pesar de nuestra motivación de nuestro buen estado de forma, dentro de dos días tenemos una cita con la agencia de trekking, de modo que no tenemos tiempo para volver a la montaña.

Es 29 de septiembre por la mañana. El punto de encuentro con los Sirdar y los porteadores es el puente situado a la entrada del valle que lleva hasta la cara sur del Gaurishankar, pero finalmente nos reunimos valle adentro, y a ellos se les nota bastante sorprendidos de vernos. Es evidente que no conocen el área demasiado bien, porque para llegar al famoso puente hay que desandar parte del camino que ya han hecho. Desde allí la vista de las gargantas no nos deja albergar muchas esperanzas de encontrar una ruta fácil. Decidimos montar el campamento en este lugar y, sin perder un instante, los cuatro intentamos localizar un acceso que nos lleve a la cara sur.
 

Después de sólo unos pocos metros, empezamos a subir por unas pendientes cubiertas de hierbas y de maleza bastante enmarañada que nos obligan a avanzar con la ayuda del famoso machete nepalí, el khukuri. En vista de lo expuestos que resultan algunos tramos en los que hay que escalar por entre las matas de hierba que cubren la roca, nos vemos obligados a descender una vez más para coger nuestro equipo y las cuerdas que hemos traído para fijar los pasos más peligrosos.

Y, bueno, se me olvidaba decir que, para acabar de arreglar las cosas, está lloviendo, así que nada puede ser más complicado. Ya os digo, "las pasamos moradas". Tras un día largo y agotador, sigue habiendo algunos tramos difíciles, pero nos da la impresión de que el terreno que sigue va a ser más "clásico". Hay que explicar todo esto al equipo y, sobre todo, preparar a los porteadores. Ya no necesitaremos el sistema de calefacción con gas, ni los litros de refresco de cola, ni las cervezas, ni tampoco las tiendas extra... lo que de verdad hace falta es aligerar al máximo la carga de los porteadores.

Partimos al día siguiente. Tenemos que asegurar a los porteadores en una sección bastante expuesta pero, a pesar de la lluvia incesante, en el resto del camino todo va bastante bien gracias a las cuerdas fijas que instalamos el día anterior. Verdaderamente, esta gente es alucinante en este tipo de terreno, tienen una seguridad increíble, y eso que van sólo con sandalias, o incluso con los pies descalzos. Al anochecer llegamos al campo base, situado en mitad de un terreno poblado de helechos y al abrigo de un gran bloque de piedra, a 3.800 m. Todos estamos agotados. Esperábamos poder montar el campamento a más altitud, pero por la mañana los porteadores nos dicen que ya no quieren continuar subiendo, y entendemos perfectamente por qué.

Así pues, al día siguiente, mientras al resto del equipo empieza a descender, nosotros aprovechamos para instalarnos más cómodamente en el campo base. Los próximos días nos servirán para descansar un poco y, de todas maneras, está nuboso y no hay día que no llueva. Tras cuatro días de inactividad, decidimos tratar de subir hasta el pie de la pared que hemos podido vislumbrar durante los pocos minutos que nos ha permitido el mal tiempo. La ruta de acceso, que traviesa unas cascadas impresionantes, no es fácil de encontrar. Una vez más, tenemos que perfeccionar nuestra capacidad para avanzar por una terrano muy empinado y tapizado de matojos. Marcamos un punto de localización GPS en el lugar en el qie hemos dejado el material e iniciamos el descenso.

Por decirlo suavemente, el tiempo no es que sea muy estable, y las largas jornadas de espera empiezan a hacerse difíciles de soportar. En otras palabras, toda de nuevo pasarlas moradas. El 10 de octubre, el servicio de meteorología nos avisa de que vamos a tener un lapso importante de buen tiempo. ¡Por fin, una oportunidad! Después de la alegría inicial, y a medida que vamos recibiendo los boletines, nos encontramos con que todo se reduce a un par de días, así que vamos a tener que sacarles el máximo partido, escalando un poco en la vía, finalizando la aclimatación y, por qué no, dejando un poco de material para el próximo intento. Pasamos una noche al pie de la pared y a las 5 de la mañana salimos del vivac. Todo va bien en la parte inicial de la vía, hasta que llegados a una cascada que marca el principio de las dificultades. El sol comienza a calentar la cara sur, y esto afecta a la calidad del hielo. Además, no nos habíamos imaginado que los largos iban a tener un grado de inclinación tan marcado. Una vez más, la dimensión y la verticalidad de las montañas del Himalaya nos han cogido por sorpresa. Después de hacer un largo en un hielo tan vertical y delicado, encontramos un lugar acepta.

 

Es temprano y, a pesar del calor, decidimos seguir escalando. Salimos de la cascada y empezamos a avanzar por las grandes pendientes de nieve. Los cúmulos empiezan a invadir el cielo, y lo que empieza siendo una ligera nevada acaba por transformarse en una ventisca que nos obliga a dar media vuelta. Ya estaos a 5.800 m de altitud y, pese a que lo que nos queda por delante sea más complicado de lo previsto, nuestra motivación está al máximo. Regresamos al vivac, 200 más abajo, y empezamos a excavar el terreno para plantar las dos pequeñas tiendas. Nos levantamos muy temprano para poder descender hasta el campo avanzado sin tener que enfrentarnos a la caída de proyectiles. Aunque estamos algo decepcionados por no haber llegado un poco más alto, al menos hemos logrado dejar allí material que nos dará más posibilidades de éxito en la próxima tentativa..

Ya en el camp base, no hay nada como una ducha y una buena comida para recuperarse. Aún nos quedan diez días más, y nos parece un margen suficiente para tener otro lapso de buen tiempo. Pero los días se suceden sin que haya ninguna mejora en las condiciones meteorológicas. De hecho, hace cinco semanas que estamos en Nepal y sólo hemos disfrutado de dos auténticos días de sol... ¿Quién dice que es fácil mantener la motivación? Los días transcurren lentamente al ritmo de una partida de cartas detrás de otra, algún que otro aperitivo, la lectura de todos los libros que tenemos a mano y encendidos debates sobre cualquier tema. Y, sin embargo, el tiempo no mejora y empezamos a sentir que esto ya es demasiado...¡La impaciencia nos consume!

A falta de una semana para el fin de la expedición, nuestro servicio meteorológico nos informa de una posible ventana de buen tiempo, así que, ya que tenemos todo listo, decidimos partir lo antes posible. Dado que las previsiones anuncian un poco de nieve para el día en el que vamos a subir hasta el campo avanzado, nos llevamos una tienda para podernos cobijar.

El despertador empieza a sonar a las 2 de la mañana en medio de un extraño silencio. Abrimos la tienda y la verdad es que ya está nevando. Más de 15 centímetros de nieve se acumulan a nuestro alrededor: es imposible partir en estas condiciones. Creemos que es mejor esperar a ver qué pasa, descansar un poco más y despertarnos de nuevo a las 3, luego a las 4, luego a las 5... Tanta nieve hace que sea verdaderamente imposible ponerse a escalar. Tenemos la moral por los suelos, así que decidimos llamar a nuestro servicio meteorológico. Sólo faltan seis días para que vuelvan los porteadores, y tenemos la horrible sensación de que ya no va a haber ninguna oportunidad para nosotros. Descendemos una vez más al campo base, 1.300 m montaña abajo. No sé si he comentado antes que estamos pasándolas moradas... Si todavía queda alguna esperanza, tenemos que regresar al campo avanzado al día siguiente e iniciar el ascenso lo más rápido posible, siendo muy conscientes de que, en el mejor de los casos, los porteadores van a llegar el día en el que creemos que vamos a hacer dima. A pesar de los pesares, decidimos correr el riesgo ya que, por una vez, las previsiones apuntan a un periodo estable de buen tiempo.

Vuelta al campo avanzado. Nos despertamos a las dos de la mañana y... ¡hace un día estupendo! Subimos el primer tramo bastante ligeros, lo que nos permite avanzar rápidamente. Las condiciones del hielo y de la nieve son excelentes. A primera hora de la mañana llegamos al lugar en el que habíamos dejado el equipo en nuestra primera tentativa. Revisamos el material para aligerar la carga al máximo y nos la repartimos. Los siguientes largos nos plantean serias dificultades: pendientes de nieve, hielo y roca inestables y, por supuesto, máxima exposición. Pero hacia las 4 de la tarde llegamos al punto en el que habíamos previsto vivaquear. Perfecto, el lugar no está mal, así que excavamos un poco y plantamos la tienda.

 

Al día siguiente el despertador suena a las 4 de la mañana. Tenemos que empezar a escalar temprano porque durante el día hace demasiado calor. Una vez superado el tramo técnico de la cascada, llegamos a la rampa, justo al pie del impresionante pilar de la cima. Vamos encadenando largo tras largo sin problemas. Pero esta parte de la escalada, que creíamos que iba a ser esquiable, es de hecho un gran tobogán de hielo azul a 60° o 70° que nos abrasa las pantorrillas... parece que el efecto Himalaya no nos va a dar descanso.  Hacia las 6 de la tarde, cuando el sol se empieza a poner, encontramos el primer emplazamiento adecuado del día para instalar el vivac. Estamos a 6.500 m. El ritual es el de siempre: excavar, fundir un poco de nieve, comer algo, dormir.

Para el resto del ascenso nuestra estrategia es bien simple: escalar lo más rápidamente posible. Los porteadores llegarán al día siguiente, así que dejamos en el vivac todas las cosas de las que podemos prescindir para así intentar hacer cima con el mínimo de material extra: un termo y un plumón cada uno. Salimos a las 5 de la mañana; ahora el terreno requiere escalada mixta, lo que complica aún más las cosas. Seguimos encadenando largos, aunque el ritmo se ralentiza. Ya estamos en el tramo que más nos preocupaba desde el principio: un muro vertical de roca compacta de unos 30 metros. En el primer intento vemos que la roca es demasiado complicada de proteger y el mixto, demasiado difícil. A la derecha hay una fisura, así que vamos a por ella. Con un poco de escalada artificial y otro poco de pericia, conseguimos pasar. Parece que la suerte por fin nos sonríe, y vemos el final de nuestra aventura cada vez más cerca. Unos largos en nieve más tarde, llegamos al collado con un viento gélido. No nos lo podemos creer, la cima está ahí mismo, al alcance de nuestra mano. Desde este pico aislado de casi 7.000 m podemos admirar una vista magnífica de gran parte del Himalaya. Para nosotros es un momento único, después de tantos esfuerzos y tantos días de espera. Nos quedamos casi una hora allí arriba para disfrutar del espectáculo, pero al final teneos que volver a la realidad: son las 5 de la tarde, y tenemos que bajarnos de nuestro pedestal.

En el descenso no surgen grandes complicaciones y, a las 4 de la mañana, 24 horas después de habernos levantado, llegamos al campo avanzando para darnos un merecido descanso.
A partir de ese momento, parece que los acontecimientos se suceden muy deprisa. Tenemos que empaquetarlo todo y dejar en el campo base, y luego hacer el camino de vuelta hasta Katmandú para disfrutar de la primera ducha de verdad y del primer restaurante!

Y, como no podía ser menos, en el viaje de vuelta a casa perdimos el vuelo de conexión; una última espera para una expedición en la que cada una de las cosas por las que tuvimos que pasar acabó mereciendo la pena…

 

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